La Nueva Política Económica y el Reto de Nuestra Democracia

La corrupción no es propia de un modelo económico, más bien es la característica de un mal gobierno

Mucha polémica ha de causar el ensayo del presidente de la República La nueva política económica en los tiempos del coronavirus. Empecemos con lo que no parece criticable, es decir, con los cuatro vectores básicos que debe contemplar el crecimiento económico: democracia, justicia, honradez y austeridad. Él no lo expresa, pero a mí me gusta más en términos económicos, el concepto de ahorro en lugar del de austeridad. En México la relación del crecimiento con el ahorro pudiera parecer contradictoria, pero una gran tarea en el futuro es cuidar la riqueza que se genere, para volver a utilizarla productivamente.

Dentro de los cuatro atributos que debería tener el crecimiento económico, me interesa resaltar el de la democracia. Crecer con democracia.

Lo anterior, no sólo por el hecho que no debe imponerse modelo económico alguno con el uso de la fuerza, sino porque en el plano constitucional forma parte de una tesis sustantiva que reúne «el todo» en un sólo concepto: democracia.

El fragmento II, inciso a) del Tercero constitucional define a la democracia «no como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento social, económico y cultural del pueblo». La democracia, así, se transforma en una aspiración ascendente; rebasando el precepto de su gestación a partir de procesos electorales. Quien gobierna a partir del mandato popular, no puede dejar abandonar el juramento de «hacer cumplir con la constitución y las leyes que de ella emanan»; en este caso, con lo que se entiende constitucionalmente como democracia.

El aspecto normativo, no podría pasar a un segundo término, al menos que la definición constitucional signifique un buen deseo, o más todavía, una ficción. Establecer que la democracia no va a llevar necesariamente a un sistema económico más justo, nos pondría en un mundo sin cabeza. Daría aliento al pensamiento retrógrado.

¿Qué sentido tendría la democracia, si ésta no llevara a un sistema de mayor justicia social y económica? ¿Si la democracia sirve menos que una autocracia para avanzar hacia una sociedad más justa? ¿Qué importa votar si nada se puede corregir, si la desigualdad y la pobreza se van a afianzar más? Las respuestas en un sentido negativo debilitarían nuestro horizonte histórico hasta hacerlo padecer.

El advenimiento de la democracia ha sido la esperanza de muchos. Entre las reflexiones más notables se encuentra la de Octavio Paz: «Soy uno de los que creen que la democracia puede enderezar el rumbo de México y ser el comienzo de la rectificación de muchos de nuestros extravíos históricos. La reforma política haría posible la reforma económica y, asimismo, la de nuestra cultura; la democracia devolvería la iniciativa a la sociedad y liberaría los poderes creadores de nuestra gente».

Como sopesarían ahora nuestra historia hombres como Paz. La democracia, en apariencia, no movió la balanza favorablemente; tampoco se ha constituido en un sistema de vida que propicie una continua mejora social y económica. El odioso «ogro filantrópico» pareciera haber sido una mejor opción. Los gobiernos que daban dádivas a cambio del sometimiento y control político; que cubrían las deficiencias del mercado con un enorme gasto social en materia de salud, educación y vivienda, serían – por mucho – más meritorios en términos de justicia distributiva que aquellos que se erigieron con el voto popular auténtico.

Los dieciocho años de alternancia parece que nos han llevado a un escepticismo fundado. Cuatro elementos básicos son los predominantes: 1) la desigualdad social y la pobreza llegaron a niveles sin precedentes; 2) votar no significó un cambio, porque no se entendió – tal vez, deliberadamente – que el mandato otorgado por el pueblo significaba modificar el estatus quo; 3) los gobiernos no sólo no hicieron lo que tuvieron que hacer, sino que acentuaron fenómenos perversos como la corrupción y la violencia y 4) continuaron con prácticas que desvirtuaron los fundamentos de una economía liberal: prebendas, concesiones y sobreprecios en los contratos públicos, así como la condonación de adeudos fiscales, sólo por mencionar algunos.

Los buenos auspicios de la democracia también se desmoronaron cuando el sistema de partidos convalidó los extravíos de los gobiernos de la alternancia. El discurso de la izquierda se sustentó en el consabido espejismo: se había arribado a la democracia, la igualdad vendría por añadidura. Los contrapesos se fueron perdiendo y se adquirió como práctica la «concertacesión», una palabra que no aún no es admitida en el diccionario español y que la inventó la praxis política a la mexicana.

Los riesgos de vulnerabilidad se hicieron evidentes. Según la encuesta de Latinobarómetro, realizada en 2018, el 84 por ciento de los mexicanos no estaba satisfecho de la forma en que funcionaba la democracia en el país; siendo México uno de los países latinoamericanos que menos confiaba en la democracia. Con respecto a los partidos políticos, el 89 por ciento mostró insatisfacción por sus actuaciones, en lo general.

La decepción de los mexicanos por la democracia modificó la faz política del país. El ascenso de López Obrador significó una nueva opción de alternancia, ante el fracaso de los gobiernos del PAN y el PRI, para conducir a nuestra democracia hacia el bienestar ascendente de las mayorías. La lectura política también debe llevar a concluir que esta podría ser la última oportunidad para forjar nuestro desarrollo a partir de las libertades democráticas.

A riesgo de decepcionar al electorado que votó por él y siendo un candidato que prometió una transformación en la vida pública del país, no podía el presidente de la República, en el ejercicio de sus facultades, más que ofrecer cambios a partir de los principios rectores que considera deben dar soporte a nuestro sistema económico.

No cesó durante su primer año de gobierno en su idea de mantener un proyecto de nación propio. Su misión es llevar a cabo una transformación, teniendo como premisas básicas la justicia, la transparencia y lo que ha denominado como la austeridad republicana. Ante la crisis pandémica su convicción se consolidó; lo contrario hubiera significado un cuestionamiento de las bases sociales que le mostraron y le siguen demostrando un apoyo que parece no disminuir ni con la crítica consuetudinaria de los medios.

¿Qué tanto afecta el apoyar al 70 por ciento de los pobres del país y no rescatar a los hombres que invierten y le dan funcionalidad económica al sistema con sus inversiones? Resulta difícil evaluarlo, lo cierto es que también debe analizarse que tanto podría significar para la estabilidad política el dejar sin protección a esa enorme masa de mexicanos empobrecidos por más de tres décadas.

Nada se está haciendo fuera del marco constitucional. La democracia, como se señaló, exige una justicia ascendente. La transparencia o la honradez es un principio rector que posibilita el uso de los recursos públicos hacia fines loables; no debe olvidarse también que la política fiscal, en todos los países del mundo, sirve para disminuir la desigualdad y el índice de Gini es el que se utiliza para medir ese efecto. El ahorro debe ser la fuente que tiene que dar sustentabilidad a la inversión y al gasto público y al de los particulares en el largo plazo.

El gran cuestionamiento al gobierno de la «Cuarta Transformación» es hasta ahora el poco aprecio que le da al crecimiento económico; tal vez porque ese sea su gran déficit en el periodo de su gobierno. Pareciera que se quiere disociar la generación con la distribución de la riqueza. La separación es ambigua, no es lo uno sin lo otro, son las dos a la vez; una economía sin crecimiento no deja de tener una evolución retrógrada, porque la pobreza económicamente no puede ser distribuible. Repartir la miseria es además de doloroso, inaceptable .

Se puede crecer desde abajo, a partir de la demanda agregada, del ahorro y del uso transparente de los recursos fiscales, pero no puede omitirse que la generación de riqueza es el fin básico del trabajo productivo. El crecimiento económico es el gran reto del gobierno del presidente López Obrador y no debe omitirlo como un propósito básico que debe buscar su gobierno. Sin ello, la transformación desde el punto de vista democrático sería incompleta; es decir, no se daría un mejoramiento continuo en los niveles de vida del pueblo, tal como lo señala nuestra carta magna.

No puedo concluir esta columna sin una interrogante básica: ¿por qué la decisión mayoritaria del pueblo no ha podido enderezar el rumbo de México? Más que al modelo neoliberal, debe atribuirse el fracaso a la existencia de fenómenos que deterioraron nuestra democracia hasta hacerla profundamente imperfecta. O es que acaso, fuera del sufragio efectivo, no hemos vivido en los tres últimos sexenios en una burda utopía democrática.

La corrupción no es propia de un modelo económico, más bien es la característica de un mal gobierno, que no tiene compromiso alguno con la democracia ni con la justicia.

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